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“Cuando mamá se iba a orar y nos dejaba solos”

"Testimonios que inspiran, vidas que glorifican a Cristo."


Testimonio 4

Nombre: Anónimo

Edad: 36 años


Cuando la devoción se encontró con la soledad en casa


Recuerdo aquellas tardes y noches en que el silencio de la casa no era paz, sino ausencia.

Mi mamá salía de casa con la Biblia en mano, con el corazón dispuesto a visitar hogares, a orar por los enfermos, a servir en la iglesia. Su fe era firme, su entrega total. Pero en medio de esa devoción, mis hermanos y yo quedábamos solos en casa. Teníamos que prepararnos la comida, limpiar y atender a mi padre cuando llegaba del trabajo.

Éramos pequeños, viviendo en un barrio peligroso, a veces con miedo. La calle nos "educaba" con diferentes mañas. Tuvimos que aprender a cuidarnos los unos a los otros y a esperar, sin saber cuánto tardaría mi mamá en volver o si mi papá regresaría rápido del trabajo.

No lo cuento para juzgarla. Sé que ella lo hacía creyendo que servía a Dios de la manera correcta. Sin embargo, se le olvidó que también había una necesidad en casa y, poco a poco, se volvió invisible para su propia familia.


El verdadero ministerio comienza en casa


Con los años, entendí que el servicio a Dios debe ser equilibrado. No se debe abandonar el primer ministerio que Él nos da: LA FAMILIA. Orar por otros es poderoso, sí, pero también lo es orar con tus hijos, cenar con ellos, leerles una historia bíblica antes de dormir y guiarlos en el camino de la fe.

Hoy miro hacia atrás sin rencor, pero con una nueva conciencia. Quiero que mi generación aprenda que el ministerio no se mide por cuántos cultos asistimos, sino por cuánto reflejamos a Cristo en nuestra casa.

Porque servir a Dios también es cuidar, amar y acompañar a los nuestros. Que nunca más un niño quede solo mientras su madre o padre está ocupado "en las cosas del Señor", olvidando que ellos también son parte de ese llamado.


Un privilegio con responsabilidad


Servir a Dios es un privilegio, pero nunca debe ser a costa del abandono emocional de quienes más nos necesitan. La verdadera espiritualidad comienza en casa, con los hijos que Dios nos confió. Que el deseo de hacer lo bueno nunca nos haga descuidar lo esencial, porque no hay mayor ministerio que amar, guiar y cuidar a la familia que el Señor puso en nuestras manos.


 
 
 

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