Cómo no terminar como Saúl: claves para mantener una vida obediente a Dios
- Pastor Rubén Saborío
- hace 2 días
- 2 Min. de lectura

El rey Saúl comenzó bien. Fue elegido por Dios, mostró humildad al inicio y recibió grandes oportunidades. Sin embargo, terminó perdiendo el reino porque, poco a poco, dejó de obedecer a Dios y comenzó a confiar más en sí mismo que en la voluntad divina. Su historia es una advertencia para todos nosotros.
La pregunta es: ¿cómo podemos mantenernos firmes y no terminar como Saúl?
1. Empezar bien no garantiza terminar bien
Muchos comienzan con entusiasmo en la fe, pero con el tiempo se enfrían. Saúl fue valiente al inicio, pero luego permitió que el orgullo y el miedo a la gente guiaran sus decisiones.
La vida cristiana no es una carrera corta, sino un camino de perseverancia diaria.
2. Obedecer completamente, no a medias
Saúl obedecía solo en parte. Hacía lo que le parecía conveniente y justificaba sus errores. Pero Dios no busca obediencia parcial.
La obediencia verdadera implica hacer lo que Dios pide, aunque no sea cómodo o popular.
3. No dejar que el orgullo gobierne el corazón
Cuando Saúl comenzó a sentirse amenazado por David, el orgullo y los celos dominaron su vida. En vez de arrepentirse, luchó por mantener su posición.
El orgullo nos aleja de Dios; la humildad nos mantiene cerca de Él.
4. Mantener una relación constante con Dios
Saúl dejó de consultar a Dios y comenzó a actuar por impulso. Cuando ya estaba lejos espiritualmente, quiso buscar respuestas, pero era tarde.
La oración, la lectura de la Palabra y el consejo espiritual mantienen nuestro corazón alineado con Dios.
5. Arrepentirse cuando fallamos
Todos fallamos, pero la diferencia está en cómo respondemos. David también pecó, pero se arrepintió sinceramente. Saúl, en cambio, buscaba quedar bien ante la gente.
Dios levanta al que reconoce su error y vuelve a Él.
Conclusión
La historia de Saúl nos enseña que no basta con empezar bien; debemos caminar en obediencia todos los días. La clave es mantener un corazón humilde, escuchar a Dios y corregir el rumbo cuando sea necesario.
Que nuestra oración diaria sea: “Señor, ayúdame a obedecerte hasta el final.”