La importancia de la honestidad: ¿La plata o el corazón?
- Pastor Rubén Saborío

- 5 dic 2025
- 2 Min. de lectura

Hace poco escuché el testimonio de un hombre que había estafado a varias personas. Pasó doce años en prisión por tomar un dinero que no le pertenecía. Lo sorprendente es que, al salir, confesó que no había gastado la plata en vicios ni en mujeres, sino que la había invertido.
Pero surge una pregunta clave: ¿qué merece más atención aquí? ¿El dinero… o la falta de honestidad?
¿La plata o la honestidad?
Esta historia nos confronta con una pregunta profunda:¿Es más importante el dinero, o es más importante ser honesto?
Muchas veces admiramos a quienes “les va bien”, a quienes “saben moverse” o a quienes “supieron guardar dinero”. Pero ¿de qué sirve prosperar sin integridad? ¿Qué valor tiene la inversión si lo que estamos perdiendo es el corazón?
La deshonestidad interior que no vemos
Así como este hombre no fue honesto cuando tomó lo que no era suyo, muchas veces nosotros como cristianos no somos honestos… pero no con la gente, sino con Dios.
No se trata de robar dinero, sino de algo más profundo:
No entregamos nuestras dudas.
Guardamos nuestros miedos como si Dios no pudiera manejarlos.
Ocultamos lo que sentimos, como si Él no lo conociera.
Nos aferramos a cargas que Él nos pidió que dejáramos en Sus manos.
Somos capaces de confesar pecados “visibles”, pero las batallas internas las encerramos.
¿Por qué nos cuesta tanto abrir el corazón ante Aquel que todo lo ve?
El peso de lo que callamos
La falta de honestidad con Dios se manifiesta de muchas formas:
El miedo que nos paraliza cuando alguien nos intimida.
El dolor silencioso que arrastramos por años.
Las preocupaciones económicas que nos roban la paz.
Las emociones profundas que no queremos enfrentar.
Lo que callamos… nos consume. Lo que ocultamos… nos controla. Lo que no entregamos… nos esclaviza.
Y mientras tanto, Dios sigue diciendo:
“Echad toda vuestra ansiedad sobre mí, porque yo tengo cuidado de vosotros.”(1 Pedro 5:7)
La verdadera riqueza
La plata va y viene. Las inversiones suben y bajan. La prosperidad humana no siempre refleja la prosperidad del alma.
Pero la honestidad con Dios —abrirle el corazón, mostrarle nuestras heridas, nuestras dudas, nuestros temores— esa sí es una riqueza eterna.
Cuando somos honestos con Él, algo sobrenatural sucede:
El miedo se convierte en paz.
La culpa se transforma en libertad.
Las cargas se vuelven livianas.
El corazón vuelve a respirar.
Conclusión
La historia de aquel hombre no se trata solo de dinero; es un espejo para nosotros. Podemos no robar plata, pero a veces le escondemos a Dios partes de nuestro corazón.
Hoy es un buen día para examinarnos y decir: “Señor, aquí están mis miedos, mis dudas, mis luchas y mi dolor. No quiero esconderte nada.”
La honestidad con Dios siempre abre puertas que el dinero jamás podrá abrir. Porque cuando somos transparentes con Él, allí comienza la verdadera libertad.



Comentarios