Testimonio de fe y obediencia
- Pastor Rubén Saborío

- 25 oct 2025
- 2 Min. de lectura

Trabajaba para un tío mío en una empresa de fumigación y fontanería. Mis días comenzaban a las seis de la mañana y terminaban a las ocho de la noche, de lunes a sábado. No tenía vida social, y los domingos solo quería dormir para recuperar fuerzas.
En la empresa, a veces un trabajo que podía cobrarse con un pequeño margen de ganancia —un 15% quizás— se facturaba con un 200% o hasta un 300% más al cliente. Se les cobraba muchísimo más de lo justo. Yo lo veía, lo sentía, pero me decían que eso “era lo normal”, que así funcionaba el negocio.
Pero dentro de mí había una voz que no me dejaba en paz.
Yo soy cristiano. Y cuando uno quiere agradar a Dios, ya no puede cerrar los ojos ante lo injusto. Dios empezó a inquietar mi corazón de tal forma que me llevó a tomar una decisión radical: renuncié.
Renuncié aun cuando me pagaban muy bien. Renuncié aun con el miedo de no encontrar otro trabajo. Renuncié llorando, porque había trabajado con mi tío desde los 15 hasta los 20 años, y sentía que no tenía más oportunidades.
Pero Dios nunca abandona a quienes le obedecen.
Después de ese paso de fe, Dios me abrió puertas. Me dio trabajo. Me sostuvo. Hoy puedo decir con seguridad que salí adelante por Dios, porque Él honra la integridad más que cualquier habilidad.
Yo me sentía mal robando sin pistola, estafando a los clientes sin quererlo. Y cuando entregué esa carga a Dios, Él me mostró que Su provisión es más grande que el miedo.
Ahora estoy aquí, firme, agradecido y seguro de que siempre es mejor perder dinero que perder la paz.
Seguir a Dios no siempre es el camino más fácil, pero sí es el más correcto. Hoy sé que ningún trabajo vale más que la paz de una conciencia limpia. Cuando uno decide honrar a Dios, Él se encarga de abrir puertas que jamás imaginamos. La integridad es el mejor salario, y la bendición de Dios no se compra: se vive.
"Es mejor tener poco con justicia, que ser rico y deshonesto." — Proverbios 16:8 (NTV)



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