top of page

Una iglesia que acompañe, no que dé la espalda


Hoy, mientras trabajaba como chofer de plataforma, llevé a una mujer que me compartió un testimonio que me llegó profundamente al corazón. Como pastor, sentí su dolor.


Ella y su esposo, hace años, levantaron varias iglesias en Los Guidos, San Rafael Abajo y Calle Fallas. Sirvieron con amor, esfuerzo y fe, entregando su tiempo y sus recursos para ver crecer la obra de Dios.


Pero hoy su historia es distinta.

Su esposo padece demencia, una enfermedad difícil y dolorosa que lo ha vuelto agresivo e incontrolable en algunos momentos. Ella lucha sola, en silencio, trabajando cada día en lo que puede —artesanías, oficios— para sacar adelante a su familia. Uno de sus hijos la ayuda con la renta y la comida, pero muchas veces no alcanza ni para lo básico.


En medio de todo esto, ella recuerda cuánto sirvió a las iglesias y a cuántas personas ayudó. Pero hoy, cuando más necesita apoyo, se siente sola. Su esposo, en medio de su enfermedad, solo pide comer “buena carne”, y hay días en los que ni siquiera puede costearla. Aun así, ella lucha con dignidad y fe.

Llamó a un pastor para que orara por su esposo. Le prometió que iría… pero nunca llegó. Y ese silencio duele. Duele más cuando viene de quienes un día caminaron a tu lado en la fe.


Escucharla me hizo reflexionar profundamente:

  • ¿Dónde está la iglesia cuando uno de sus miembros más fieles está sufriendo?

  • ¿Cómo es posible que alguien que ayudó a levantar templos hoy no encuentre una mano que le sostenga?

La verdadera iglesia no se mide solo en cultos, luces o prédicas. La verdadera iglesia se mide en amor, acompañamiento y compasión.

Jesús no solo predicaba, Él se acercaba. Tocaba al enfermo, consolaba al afligido, alimentaba al hambriento.

“Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.” — Gálatas 6:2

Hoy más que nunca, necesitamos ser una iglesia diferente. Una iglesia que no abandona, que llama, que visita, que extiende la mano a quien un día sirvió con fidelidad. Porque mañana, cualquiera de nosotros podría estar en esa misma situación.

No se trata de grandes gestos. A veces, una oración, una visita, un plato de comida o un abrazo sincero puede recordarle a alguien que Dios no se ha olvidado de él, aunque los hombres sí lo hagan


Que este testimonio nos despierte

Que no seamos cristianos de templo solamente, sino cristianos de corazón y acción. Porque la fe sin obras… está muerta. (Santiago 2:17)

 
 
 

Comentarios


  • Instagram
  • Facebook
  • YouTube
bottom of page